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A cada momento seguimos vivos

Puede que "A cada momento seguimos vivos" tenga para contar algo que superficialmente no difiere de cualquier otra consecución de tragedias, pero Malmquist triunfa por su voz propia y se impone con una obra de un realismo singular, impactante e hipnótico.

Tom Malmquist publicó su primer libro de poesía, Sudden Death, en 2007. El libro, curiosa tentativa de poetizar su experiencia juvenil como jugador de hockey, fue –contra todo pronóstico– elogiado con entusiasmo por la crítica. Su segundo poemario, Fadersmjölken, fue lanzado hacia 2009 y calificado inmediatamente de «increíblemente hermoso». Podría decirse que su carrera como escritor llevaba media pista rodada y se disponía a remontar vuelo, pero el destino tenía para él otros planes. O tal vez no, pero el precio de su consagración acusa los visos de un pacto con el demonio.

Suerte de registro de episodios autobiográficos escritos en clave literaria, heredero de la tradición reciente de obras que algún crítico ya denominó «egografías» –que puede abarcar desde Los emigrados de Sebald hasta los seis tomos de Mi Lucha de Karl Ove Knausgård– Malmquist nos ha dejado en A cada momento seguimos vivos la historia de un derrumbe sorprendente, asfixiante y desesperado: la historia de su propio derrumbe. 

Karin, su pareja, es ingresada de urgencia a una clínica con severos problemas respiratorios y un embarazo de riesgo de siete meses. El diagnóstico: una leucemia mieloide. Tal vez le queden diez, doce días de vida. Malmquist, impactado y destruido, se queda a vivir allí y pasa sus días recorriendo el túnel del hospital que une la unidad de cuidados intensivos con la de neonatos, envuelto en el infierno burocrático de los últimos tratamientos, de la inminencia de la muerte. A esto dedica la primera parte del libro. La segunda es consagrada a los pasos inexpertos que, como padre soltero (viudo, en rigor de verdad), tiene que dar para criar a Livia, su hija, que alcanza a nacer a tiempo y no le deja hacer frente a su duelo. En ese contexto, cuando se cree que nada podría ir peor, su padre, periodista deportivo de cierto renombre (que curiosamente es quien escribe las crónicas de tenis que firma Bjön Borg en un diario local), enferma y se encuentra muy débil. El desenlace, otra vez, es previsible. 

A cada momento seguimos vivos es un libro emocionalmente exigente desprovisto de intelectualismos; catártico y purificador como Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, denso y asfixiante como De vidas ajenas de Emmanuel Carrère. 

Suele decirse que detrás de cualquier velo la buena literatura se ocupa del destino, del amor y la muerte. Puede que parezca un lugar común, pero si esto es cierto estamos ante una obra que lo tiene todo. Con el aliento narrativo de un bestseller, no hay aquí, sin embargo, una sola imagen trillada; puede concluirse, entonces, que el mérito es doble. Sobran razones para imaginarlo en las futuras listas de libros del año.