Sociedad

Admiradores, selfies y pensión enrejada: la nueva vida del femicida Ricardo Barreda

En San Martín, el hombre que en 1992 mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas se convirtió en una celebridad. Vejez, caminatas y fascinación siniestra

El viejo de lentes caminaba a paso lento, con la mano derecha sobre una riñonera negra. Vestía bermudas y una remera verde con la cara de Bob Marley. Cuando un joven que iba con su novia se lo cruzó, le preguntó:

—¿Usted es Barreda?

—No pibe, nada que ver.

—¿Me puedo sacar una foto con usted?


—Con respeto a tu prometida, te voy a decir algo: no rompas las bolas, dejame en paz.

El joven siguió su rumbo. El viejo entró en una farmacia.

La escena ocurrió el jueves en la peatonal de San Martín. Ricardo Barreda caminaba hacia el bodegón donde almuerza todos los días. El odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas en su casa de La Plata vive allí situaciones insólitas: hombres que le piden autógrafos o se sacan selfies sin que él lo apruebe.

"Sacarle una foto se convirtió en una especie de pasatiempo. El viejo se pone loco, no le gusta. Quiere que lo dejen comer tranquilo. Hasta yo tengo una selfie que me hice con él, si vieran la cara de odio que puso", cuenta el mozo del restaurante. Un comensal habitué del lugar, contó: "Más de uno lo felicitó por lo que hizo. Alguno lo habrá hecho en broma, pero yo fui testigo de eso".

"Vivo como un paria, me faltan cosas, pero hay gente que me ayuda", le dijo Barreda a un vecino. Vive con lo que cobra de una pensión del PAMI.
La nueva vida del femicida de 82 años se limita a tres lugares. La pensión donde vive, el supermercado chino donde hace las compras y el bodegón. Todo lo cubre en 150 pasos de ida, 150 pasos de vuelta.

"La pensión es horrible, como toda pensión. Lo paradójico es que tiene rejas. Es decir: Barreda vive tras las rejas otra vez", cuenta un vecino que también tiene una imagen del asesino en su celular. "Cuando lo ven caminar, la gente del barrio dice: ahí va Barreda, no vi a nadie que le pegara o lo insultara, todo lo contrario".

Barreda no está tan solo. Suele recibir la visita de dos amigos y de una joven que conoció cuando vivía en General Pacheco. "La prensa lo demonizó, no justifico lo que hizo, pero si parte de la gente que lo critica tuviera los códigos que tiene él, las cosas irían mucho mejor. Cuando vivía en Pacheco era muy querido por los vecinos. Hasta le festejamos el cumpleaños con torta incluida", dice la amiga de Barreda a Infobae.

En agosto, Barreda tuvo un incidente con una periodista de Telefe que lo encontró mientras caminaba por San Martín. "Dejame pasar o te voy a empujar", le dijo mientras la sostenía de un brazo con fuerza, según contó la cronista.

"No sé por qué hay personas que me admiran", le dijo en 2011 Barreda al autor de esta nota. Fue justo después de que durante un paseo por Belgrano, una señora le dijera:

—Ya me parecía que era usted. Su cara me resultaba conocida. ¿Cómo anda, bien?

—Bien, bien, gracias señora.

Cuando la mujer se fue, Barreda hizo un comentario:

—Esta mujer está para el gallinero. Yo quiero un pollito de tres kilos. O dos kilos setecientos.

Poco después, desde una camioneta que repartía gaseosa, el conductor y el acompañante le gritaron:

—¡Vamos Barreda!

Él saludó con la mano en alto y una leve sonrisa.

Ante las escandalosas muestras de apoyo que recibía en la calle, Barreda analizó: "El otro día estaba haciendo un racconto de toda la gente que me ha saludado y puedo decir que solamente de tres personas, dos mujeres y un hombre, escuché comentarios desfavorables. Un tres por ciento de insultos es un buen porcentaje. Algunos me felicitan y no es una cosa para que me feliciten. Es fuera de lugar. Yo les digo que desgraciadamente no inventé o no descubrí ninguna vacuna contra la caries. Me saludan, me piden autógrafos, se sacan fotos conmigo. Todo eso hace que me sienta muy mortificado".


Antes de la revolución del feminismo y de las marchas de Ni una menos, hubo un oscuro tiempo en que el marketing alrededor de la figura de Barreda era amplio: desde remeras hasta tazas, gorros y calcos. El abanderado de esa movida era un hombre anónimo que creó la web maestrobarreda.com. Allí publicó un alegato a favor del odontólogo, escribió contra las feministas, honró al asesino como si fuera un santo y vendió pines y escudos con la imagen de Barreda. El nefasto admirador también vendía una estampita de San Barreda: se veía al dentista vestido de santo, con una corona, una escopeta y una tijera para podar la parra. Y esta leyenda:

San Barreda, San Barreda…
Que el Demonio retroceda.
San Barreda, San Barreda…
Hoy la vieja no se queda.

De hecho, un grupo de médicos marplatenses se reunía una vez por mes a comer asado y a rendirle "culto" al odontólogo usando la estampilla.


Otros comerciantes también comenzaron a facturar con la imagen icónica del dentista asesino. Un diseñador creó tazas con su imagen y la leyenda: "Barreda, 20 aniversario". Las vendía a 100 pesos.

Uno de los últimos productos barredianos fue una calcomanía que se pegaba al lado de las patentes traseras de los autos. Esa moda que consistía en explicitar la cantidad de familiares, todos tomados de la mano. La idea es que el dueño o la dueña del auto coloque la calco con muñequitos de su familia tipo, con perros y gatos incluidos. Pero la versión Barreda era trágica: se veía a la caricatura del dentista con una escopeta humeante en la mano y al lado cuatro bultos que representan a su familia.