Sociedad

De operarse una pierna con una hoja de afeitar a comer restos humanos: la Tragedia de los Andes en primera persona

José Luis "Coche" Inciarte es uno de los pasajeros del vuelo de la Fuerza Aérea uruguaya que se cayó cuando viajaba de Mendoza a Santiago de Chile en octubre de 1972. Después de 46 años, decidió contar en un libro aquella experiencia que le cambió la vida

"En medio de una tremenda vibración, sobre el ruido de los motores a toda potencia, se oyó de pronto como una gran explosión. ¡Habíamos chocado contra la montaña en plena Cordillera de los Andes! Con los ojos bien cerrados, sentí después un gran golpe o panzazo y la sensación de que nos deslizábamos muy rápido montaña abajo", escribió José Luis Coche Inciarte.

Pasaron 46 años del accidente aéreo conocido como la Tragedia de los Andes, cuando un avión de la Fuerza Aérea de Uruguay con 40 pasajeros y cinco tripulantes se estrelló en la cordillera. Sin embargo el hombre, uno de los 16 sobrevivientes que pasaron 72 días perdidos en la montaña, recapitula aquellas escenas una y otra vez.

Lo hace con tranquilidad, del otro lado del teléfono, desde Montevideo. En diálogo con Infobae explica por qué decidió ahora, más de cuatro décadas después, publicar sus recuerdos del accidente en un libro que se llama Memorias de los Andes (Ediciones B, 2018) y que, después de haber sido una suerte de best-seller en Uruguay, acaba de editarse en la Argentina.


-¿Cómo surge la idea de escribir el libro tantos años después de lo que le tocó vivir?
-Hasta 2002 yo me dediqué a trabajar, a mis cosas y a mi familia. Hice todo lo que escribí en mi libretita allá arriba que dije que iba a hacer si sobrevivía. En el 2002 de alguna manera hice un clic. Empecé a pensar que la única diferencia que yo tenía con la gente común era todo lo vivido en la Cordillera de los Andes, que debía compartirlo. Y empecé a dar charlas. Me llevé una gran sorpresa cuando empecé a contar esto, me hizo mucho bien hablar y más cuando alguien de la audiencia me decía que le hacía bien escuchar. En el año 2014 me puse a escribir por sugerencia de mi esposa que me dijo: "Te vas a poner viejo y vas a empezar a decir pavadas" (risas). Porque más allá de las conferencias, un libro queda para la posteridad, ¿verdad? Entonces me despertaba a la madrugada, con ideas, con cosas que escribía. Y ella me lo pasaba en la computadora y me hacía alguna limpieza porque escribe muy bien.


-En varios pasajes del libro usted menciona que de alguna manera arriba de la montaña se formó una especie de "sociedad de la nieve". ¿En qué consistía esto?
-Eramos un grupo humano que iba en un avión. Si bien había muchos que eran amigos, otros nos conocimos allá arriba. Pero desde el momento en que hay un choque y caés vestido de camisa, pantalón, medias de nylon y mocasines y de repente te encontrás tirado en la nieve con el avión partido, todo cambia. Decís: ¿qué pasó? Pasó que cambió nuestra vida en un instante. Yo siempre fui consciente de todo lo que pasaba, nunca perdí la consciencia. Sí llegué a las alucinaciones, por falta de agua. Juro que nadie salió corriendo ni pensó en un "sálvese quién pueda". Tenías nieve hasta la cintura. Era nuestro primer contacto con un ambiente así, acá en Uruguay nunca nevó ni hay montañas.

 Desde el momento en que hay un choque y caés vestido de camisa, pantalón, medias de nylon y mocasines y de repente te encontrás tirado en la nieve con el avión partido, todo cambia. Decís: ‘¿Qué pasó?’ Pasó que cambió nuestra vida en un instante
-¿Qué recuerda de esos primeros momentos?
-Nos preguntábamos qué pasó. ¡Chocamos! Algunos decían: "La quedamos, la quedamos". Y de golpe fuimos como pudimos a atender a los heridos que gritaban, gemían, pedían ayuda. Después nos agarró la noche, la más fría. Pensé que, como no me había muerto en el choque, me iba a morir esa noche. Fue terrible porque te quedabas quieto un momento y no podías mover los dedos. ¡Fue la noche más larga de mi vida, las horas parecían siglos! Pero al final, después de esas eternas horas empieza a amanecer otra vez y la gran sorpresa es que seguís vivo. Entonces hacemos un relevamiento y de 45 pasajeros había 29. Y de esos 29 había 24 sanos, como yo. Quizá alguno tenía una herida o algo. Pero sanos. A los pocos días ya éramos 27, porque se murieron dos.

-¿Cómo hizo para sobrellevar el hecho de ir viendo esas primeras muertes tan cerca?
-Bueno, ese es el valor del grupo humano. Después pensás que peor no podés estar. Hasta que nos vino una avalancha a los 16 días. Ahí ves que siempre se puede estar peor. Eso fue lo peor de todo: estuvimos tres días sepultados sin oxígeno, en un pequeño lugar donde había cuerpos humanos entrelazados, entre vivos y muertos. Todo estaba oscuro. Te movías y no sabías qué pasaba, todos apretados. Entonces te ponés a pensar "me voy a morir acá sin que nadie sepa". Después pudimos salir y ahí la cosa cambia. Ahí el grupo humano empezó a comulgar en un objetivo común: pensar en lo más importante que era volver a nuestras familias. En hacer lo impensable para lograr lo imposible.

 Estuvimos tres días sepultados sin oxígeno, en un pequeño lugar donde había cuerpos humanos entrelazados, entre vivos y muertos
-Usted va relatando en el libro muchas casualidades. No era rugbier y termina viajando invitado por un amigo. Se iba a sentar en un asiento y como alguien lo ocupó se pasó a otro. Cambió su sitio el día de la avalancha. ¿Cómo ve esos episodios en los que de alguna manera fue ganando "vidas" como sucede en los videojuegos?
-Fueron momentos en los que de alguna manera me salvo. Cuando yo subo en Mendoza me iba a sentar al lado de mi amigo Gastón, que murió en el choque. Como quedó sentado otro, me fui para adelante. Después la cola del avión se partió y los que iban en el fondo se murieron desparramados. Y yo me salvé porque el avión se partió justo atrás mío. No me apretó nadie, quedé en ese asiento pero no me hice absolutamente nada. Después, ya en la montaña, un día en el que hubo una avalancha el capitán me pide que le cambie de lugar poco antes y yo le cambio. Otra vez, suerte. Porque él se muere en el que iba a ser mi lugar y yo me salvo.

-¿Hablaban mucho en el grupo arriba de la montaña?
-Se charlaba mucho. En un momento escuchamos por la radio que habíamos sido abandonados, dados por muertos. Entendimos que estábamos por las nuestras, que nos teníamos a nosotros. Y ahí ese grupo humano se transforma en un equipo porque teníamos un objetivo común, que era volver a ver a nuestras familias. No había ningún protocolo de actuación pero sí existía, no estaba escrito pero sí existía esa unión.

-En uno de los episodios más fuertes que relata, revela que tuvo que operarse usted mismo arriba de la montaña. ¿Cómo fue eso?
-Después de la avalancha me agarró una gangrena en un pie. Se me congeló la circulación de la sangre. Al cabo de una semana me tuve que operar porque se me empezó a inflamar también el muslo. Eso me venía subiendo desde el tobillo. ¡En aquella inmensidad encontramos una hojita de afeitar! Con ella nos operamos haciendo una cruz en el tobillo.

-¿Tenía conocimiento de estos temas?
-Yo sabía lo que era la ubre de una vaca gangrenada, sabía que había que meterle oxígeno de alguna manera para matarle las bacterias. Entonces había que abrir y que entrara aire. Lo pude hacer con lo que tenía pero ya no pude caminar más, porque yo me estaba por recibir de ingeniero agrónomo, no de médico. Ahí no pude caminar más y empecé a depender de los demás.

-¿Sintió desazón por haber quedado inmóvil? Usted relata que tenía pensado en un momento dejarse morir y pensaba en el 24 de diciembre como su fecha límite.
-Lo que podía hacer cuando no podía caminar era contener las angustias, esa angustia en la que parece que respirás con el corazón y no con los pulmones de lo que duele. Y se da eso de que tenés que controlar tu angustia primero y la mente la controla. Y después ayudar a controlar la angustia de los demás, porque siempre existía el pánico de que la angustia se generalizara como un reguero de pólvora que no se frenara más. Entonces me dediqué a eso y a contemplar el comportamiento humano. En ese momento todos vinieron a ayudarme: me traían comida, me traían agua. Una vez incluso llegaron con un litro de agua para mí solo, que fue uno de los mejores regalos que me hicieron en la vida. Me cuidaban como si yo fuera el tipo más importante de esa montaña.

-Un tema insoslayable es la falta de alimentos y la decisión que toma el grupo de comer de los restos de quienes habían muerto. ¿Cómo recuerda aquel momento?
-Al principio era un cuadradito de chocolate por día por cabeza. Hasta que todo se acabó. Vimos pasar un avión y creímos que nos venían a buscar entonces algunos comieron toda la reserva que había. Entonces empezamos a comentar esa posibilidad entre unos y otros. Cuando lo escuchabas en voz alta del otro pensabas "es imposible que yo haga esto". Pero después todo te sorprende cuando vos ves que todos se reúnen como en una asamblea general y escuchás a muchachos de 20 años argumentando en pro y en contra. Ir en contra de eso (de comer carne humana) era morirse. Y veías a muchachos jovencitos hablando de religión, de teología, de legalidad, de moralidad y de nutrición, por supuesto.

-¿Qué resolvieron? Usted habla de un pacto.
-Claro, hicimos un pacto entre hombres, que fue la cosa más honorable y de la cual me siento muy orgulloso de haber participado. Ahí nos entregamos el uno al otro en caso de muerte. Fue decir: "Si me muero, usás mi cuerpo y viceversa". Y eso fue lo que me decidió a hacerlo, ese pacto terriblemente valiente y terriblemente del amor de unos y otros. De todas maneras, de decidirlo a hacerlo hay un paso inmenso porque el humano se niega a cortar carne humana. Después la boca no se abre para comer esa carne. Y después la garganta se cierra y hace que no puedas tragar.

 Siempre existía el pánico de que la angustia se generalizara como un reguero de pólvora que no se frenara más
-¿Le costaba comer carne humana?
– Sí, a mí y a Numa (otro de sus compañeros de la montaña) nos pasó lo mismo. Regurgitabas y volvías a intentar. Pero la mente obliga a tus miembros, a tu boca, a tu garganta a hacer lo que la mente ordena. Eso es desgastante, quedás agotado por esa energía que gastás. Pero después te tragás el pedacito de carne cruda, congelada. No sabés de quién es, por supuesto, pero decís con una mano en el corazón "estoy salvado". Como si fuera una comunión. Fue como una unión entre todos nosotros. Ahí dije: "Me salvé". Ahí empezamos a hacer los proyectos más importantes que hice en mi vida para salir de ahí y volver a la familia.

-¿Cómo fue el momento en el que se entera de que los iban a rescatar?
-El avión ya no estaba sepultado porque el sol de diciembre ya había derretido la nieve. Entonces estaba apoyado en un pedestal de hielo y por su propia sombra no se derretía. Un amigo apareció y gritó: "¡Aparecieron Nando y Roberto!" (dos de los sobrevivientes que habían salido en búsqueda de ayuda). Estábamos ahí porque en diciembre hacía más calor y dormíamos un poco más. Nos abrazamos, el fuselaje se movió un poco. Salimos con camperas, nos lavamos la cara porque teníamos agua de un glaciar. Fue un momento de gran felicidad. Poco después, cuando bajé del helicóptero y empecé a ver el verde de los campos se acabó la tragedia. Fue en un instante: el dolor quedó atrás y llegó la felicidad porque me iba a encontrar con lo más importante que había descubierto arriba, la familia.