Sociedad

Recordando a Atahualpa Yupanqui, el payador perseguido

El jueves se cumplieron 111 años del nacimiento, en los pagos bonaerenses de Pergamino

De un cantor que fue un payador perseguido en la Argentina y terminó siendo Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras en Francia. Su nombre era Héctor Roberto Chavero pero pasó a la inmortalidad como Atahualpa Yupanqui, seudónimo que significa "el que vino de lejos para narrar".

Una vez se definió a sí mismo "como un pájaro corsario que no conoce alpiste", como uno que jamás escuchaba "las zonceras del que vuela a lo gallina". Decía que volaba porque nunca se arrastraba ante nadie, menos aún ante gobiernos totalitarios.

La rebelión era su ciencia. Era rebelde por naturaleza, y pensaba que "vivir temblándole a todo es una falsa experiencia". Por esa rebeldía, ya temprano, a los 24 años, participó de una revolución que estalló en La Paz (Entre Ríos) y debió escapar al Uruguay y de allí al Brasil.

"Dios por aquí no pasó"


La temprana muerte de su padre, un quechua que era domador de potros y a la vez telegrafista de ferrocarril, lo obligó a ir a trabajar por distintos lugares del país. Sin dejar su guitarra, que era para él como un templo donde entraba a rezar, se dedicó a las más duras faenas.

Estuvo en canteras de piedra, en obrajes, en estancias, incluso fue arreador de ganados. También los cañaverales de Tucumán lo vieron machete en mano, "volteando cañas maduras".

En algunos lugares vio tanta miseria que pensó con tristeza: "Dios por aquí no pasó". En esos pobreríos donde la vida de los patrones y de los trabajadores era tan despareja y donde "todo era ruindad y pobreza", él se consolaba tocando la guitarra. Únicamente cantaba para sus compañeros de infortunio, "porque lo que a ellos les pasaba también me pasaba a mí".

Pero no había quién no le dijera que debía hacerle caso a su talento y probar suerte en Buenos Aires. Así lo hizo, pero en la gran ciudad la suerte le fue esquiva y regresó a Tucumán.

A fuerza de talento, fe, constancia y perseverancia, la fama igual le fue llegando. Y con la fama y su militancia en el Partido Comunista también llegaron los tormentos.


Nada hubiera pasado, no lo hubieran perseguido si se hubiera limitado a pulsar su guitarra para cantar coplas de amor, de potros, de domadores, de sierras o de estrellas. Pero en sus coplas se puso a opinar sobre situaciones y sobre gente sobre los cuales no se podía opinar.

Para colmo era insobornable y se negaba a actuar en escenarios montados por el régimen de turno. Alegaba que un cantor debe ser libre y que no debe buscar la conveniencia "ni alistarse con los patrones".

Les decía a los pillos y arribistas que se le acercaban que se arreglaran con sus "payadores comprados y con sus cantores de salón". Tal vez era una referencia a gente como Hugo del Carril, quien le había dado su voz a la letra de la Marcha Peronista.

El autor de "El Arriero", "El eje de mi carreta", "Luna tucumana", "La magia de los caminos" y tantas otras leyendas musicales no le quería "cantar a los tiranos". El tirano era Perón.

La marcas de una tortura

Don Ata escribió una vez que el hombre a veces olvida las cosas que lo hicieron dichoso, pero que las angustias y los tormentos son marcas que le duran toda la vida. Él jamás pudo olvidar la cruel tortura a que fue sometido en una comisaría, durante el gobierno de Perón.

Así recordó esa experiencia: "Estuve varios años sin poder trabajar en Argentina. Me acusaban de todo, hasta del crimen de la semana que viene. Desde esa olvidable época tengo el índice de la mano derecha quebrada. Buscaban deshacerme la mano poniendo sobre ella una máquina de escribir y saltando encima. Pero no se percataron de un detalle: me dañaron la mano derecha y yo para tocar la guitarra soy zurdo. Todavía hoy, a varios años de aquel hecho, hay tonos como el si menor que me cuesta hacerlos".


En su canción "El payador perseguido" rememoró su vida de rebelde antiperonista de esta manera: "Por fuerza de mi canto/conozco celda y penal/con fiereza sin igual/más de una vez fui golpeado, y al calabozo tirao/como tarro al basural".

En 1949 fue liberado. Amenazado de muerte, su único camino era emigrar, y emigró a Francia. Un encuentro con Édith Piaf, "el gorrión de París", cambió su suerte y su destino.

Uno que se refirió al calvario del cantor en aquella oscura dependencia policial fue Osvaldo Bayer. "Perdón por la prisión de Atahualpa Yupanqui, el cantor de la tierra, a quien le quebraron los huesos de una mano en una comisaría", escribió en cierta oportunidad.